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Capítulo Diez
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                                                  Capítulo Diez
 
Hacia Una Política de Educación a la Altura de los Tiempos que Vivimos
 
Howard Richards:   En esta ciudad toda la gestión municipal tiene sentido educativo.   Hay muchas iniciativas notables tanto en educación formal como en educación no-formal, tanto en materia de educación de adultos como en política de infancia y de juventud.  Ahora es el momento de hablar con la Secretaria de Educación y Cultura, quien fue también la coordinadora del equipo que armó los grandes parques educativos de la ciudad, La Granja de la  Infancia,  El Jardín de los Niños, y la Isla de los Inventos.  Me cuesta decidir dónde empezar.  
Chiqui González:   Quizás podemos conversar sobre el sentido general de la educación y la cultura –dos palabras tan polisémicas y tan indispensables—en la época que nos toca vivir, en el lugar donde nos toca estar.
Howard Richards: El sentido general de este libro es él de una invitación al diálogo, con la esperanza que algo que digamos provoque a algún lector a aportar sus pensamientos a la búsqueda común.   Con mayor razón tratamos ahora meramente de una “conversación,”  una invitación al diálogo, puesto que en el campo de la educación encontramos una masa enorme de experiencias concretas, mucho más de las que podríamos tratar sistemáticamente.   Además, tiene relación con problemas filosóficos y políticos infinitamente complejos.
Chiqui González:   Quiero dejar constancia que hay mucha documentación, muchos marcos teóricos elaborados, muchos libros escritos que nos han inspirado, por ejemplo La Ciudad de los Niños y Cuando los Niños Dicen BASTA de Francesco Tonucci.   Si hoy día conversamos sobre el papel general de la educación y la cultura en Rosario en el presente, no es por falta de recursos  para abarcar temas más específicos en forma detallada.
Howard Richards:   Confieso que las que más me interesan son aquellas ideas –y tanto mejor si son ideas llevadas a la práctica—que ofrecen pistas de solución a los grandes problemas estructurales del mundo actual.   En este sentido encuentro en Rosario un semillero.    Me parece también que no es el momento para medir variables.   Sería quemar etapas, puesto que no se sabe todavía cuáles serían las variables a medir;  podríamos correr el riesgo de perjudicar lo que se quiere cultivar,  puesto que posiblemente estorbaría los procesos de reflexión de equipo sobre las prácticas en marcha.  
Chiqui González:   En cuanto a aquellos “grandes problemas estructurales del mundo actual,” ¿Cómo defines la época que vivimos?
Howard Richards:   Ubico la época que vivimos como época penosa en la cual estamos luchando para superar los estragos que ha dejado el neoliberalismo.  En el caso de Argentina y del Cono Sur en general, son los estragos que han dejado primero la dictadura militar y después el neoliberalismo.
Chiqui González:   Convendría una perspectiva histórica más amplia.
Howard Richards: De acuerdo.   Se subentiende que desde la colonia los proyectos educativos  siempre han sido en gran parte supeditados a los modelos de desarrollo económico de la época.   Lo que encuentro en las líneas directrices de la educación en Rosario es que aunque sí se trata de educar para la democracia, en el sentido de ¡Nunca mas!  y sí se trata de recuperar el capital social perdido en una época de liberalismo exagerado, también hay algo que va más al fondo, algo que entra en diálogo crítico con los fundamentos de la modernidad, algo que intenta hacer realidad una utopía, mas allá de la corrección de determinadas tragedias históricas recientes.   Hay algo que trasciende no solamente el modelo de desarrollo económico del presente, sino cualquier modelo de desarrollo económico.    Para entender lo que ustedes están haciendo encuentro clave la palabra “cultura” en más de uno de sus indispensables sentidos.    Es también clave pensar “educación” a fondo, como lo hizo Hanna Arendt cuando sostuvo que el hecho fundamental es la natalidad.   Hay educación porque hay seres nuevos.  El mundo es siempre más viejo que ellos.  (Arendt 1997)
Chiqui González: Si tratamos de ubicarnos en el tiempo, y de definir las tareas de hoy con cierto sentido de nuestra ubicación en el desarrollo histórico de la cultura de Argentina, y si miramos incluso  los años menos recientes, veremos que aquí los valores solidarios tienen raíces profundas.   Nuestro país se vincula con la solidaridad –valor actualmente cuestionado por el neoliberalismo-- desde diferentes vertientes a lo largo de su existencia como nación, entre los cuales podemos destacar la verdadera caridad, en el marco de la religiosidad católica; las instituciones cooperativas, mutuales, bibliotecas populares y clubes de barrio, que tuvieron su auge con los inmigrantes socialistas y anarquistas de fin de siglo diecinueve y primera mitad del veinte; el movimentismo político ligado a los gobiernos populistas; y las prácticas “vanguardistas” de los “70”.
Howard Richards: ¿De qué se tratan las “practicas ‘vanguardistas’ de los ‘70’?”
Chiqui González: De la idealización de la pobreza y la construcción de conciencia de clase, considerada como “germen de la revolución,” y de una metodología de reclutamiento a través del “referente” barrial, sindical, etc, planteado como “instancia de formación de cuadros de base.”
Howard Richards: Supongo que las prácticas  de los ‘70’ tenían sus raíces en la historia anterior, y que las políticas públicas actuales   -- sean aquellas políticas públicas  las que tienen relación con la educación u otras-- tienen sus raíces en aquella historia que ha transcurrido entre aquellos tiempos y los nuestros.
Chiqui González: Las raíces se encuentran no solamente en la historia, sino también en la reflexión sobre la historia, en la filosofía, en todo esfuerzo para comprender mejor nuestra dura realidad con la finalidad de cambiarla.   Hoy en día entendemos “política pública” de otra manera.
Howard Richards:   ¿Qué entiendes por “política pública”? 
Chiqui González: Una política pública debe ser un impulso colectivo y transformador con perspectiva estratégica.    Es una energía regulada y sistematizada que hace frente a una necesidad, interpreta un imaginario social, construye sentido en la fragmentación, moviliza la acción en la abulia y teje su red infinita de futuro en el presente del territorio.  Tiene algo de solemne cuando relaciona y re-liga un pulverizado sentido de conjunto, convergiéndose en misteriosa construcción como “artefacto” de cambio.
Howard Richards:   Varios aspectos de tu manera de hablar de “política pública” me llaman la atención.    El primero es que no hablas de conceptos, ni de fijar metas, ni de presupuestos e inversiones, ni de tiempos de realización, ni de programación de actividades, ni de evaluaciones de resultados, sino de “impulso” y “energía.”
Chiqui González:   Hablaremos de todo en su debido tiempo.   Partimos de que la política es “el arte de vivir juntos los unos con los otros,” como dice Hanna Arendt.  (Arendt 1997).    Es la capacidad de convocar lo colectivo…
Howard Richards: …justamente en una época en la cual lo colectivo se encuentra desprestigiado.
Chiqui González:   Estamos parados exactamente en el punto en que el convivir es la estrategia mayor, en la era del vacío del sentido, la crisis extenuante de la representación,  la del individualismo y de la exclusión.  
Howard Richards: ¿Por eso cabe hablar de “impulso” o de “energía”?  ¿Porque es lo que más falta?  Me llama la atención también que no hablas precisamente de una política de un gobierno, en este caso de un gobierno municipal, sino de política “pública.”    Otra vez con tinta de la filosofía política de Hanna Arendt.
Chiqui González: No tan solo de Arendt, sino también de otras fuentes de filosofía actual.  (Ver bibliografía)   Se advierte inmediatamente que  en las políticas públicas de educación están en juego la pertenencia, la identidad, la trascendencia.    Cuando la gente actúa sus acciones, se suele llamar participación, consenso, se pone en evidencia la multiplicidad y complejidad de la trama social, la belleza de la diferencia.  Poner en escena a la sociedad civil, es, en realidad, la única manera de practicar “el arte de vivir juntos.”
Howard Richards: Una verdad filosófica, y también una verdad económica.
Chiqui González: Cuando los ciudadanos protagonizan, el espacio público se convierte en uso y sentido.   Puede mostrar su condición de territorio de nuestra movilidad urbana, aprendizajes y vivencias.  Recuperamos el patrimonio físico, imaginario, y simbólico que heredamos y acrecentamos.   Hacemos memoria de nuestro cuerpo (desplazamiento de la historia de las cosas), modos y vínculos movilizados, reglas del juego o normativos, que favorecen el concierto de voluntades.   Es el antiguo bien común del siglo XII convertido en plano y damero, que habla y grita, expone sin tapujos la exclusión, dialoga con el río y hasta repara en la existencia de los chicos.   Para decirlo como se merece la metáfora teatral, se trata de cuerpos de todas las edades que, en un tiempo y en un espacio, con cierta cantidad de energía, intentan construir un relato, una ficción, protagonizar (es decir ser “alguien” a cambio de “nadie”) su historia…la historia de “nosotros.”
Howard Richards:   Me empiezo a percatar de como una política pública, y específicamente una política de educación, puede dedicarse a superar los estragos que ha dejado el neoliberalismo, y aún más, construir nuevos espacios públicos.
Chiqui González: Efectivamente, ha dejado estragos.  Todo lo que fue autogestión cooperativa, fue duramente combatida por el neoliberalismo a partir de la década del ’70, logrando casi su extinción.  Aun así, semejantes modelos perduran hoy en algunas instituciones que luchan por sobrevivir atravesadas por los tiempos del consumo, la competencia, y el individualismo, entre la indiferencia y la falta de participación y una dirigencia que por años no ha podido renovar ideas.  Mantienen vivo el ideario solidario, no estatista y no personalista.    El modelo “vanguardista” de los ’70 también sufrió el intento de aniquilamiento durante uno de los capítulos más tristes y aun no saldados de nuestra historia nacional.   Lo que perdura de él hace juego con el resto de las vertientes.
Howard Richards:    O sea, la educación asume como tarea la recuperación de las antiguas tradiciones cívicas.
Chiqui González:   ¡Ojalá que fuera tan sencilla!   Si es cierto que la libertad, la igualdad, y la fraternidad tienen profundas raíces en el imaginario argentino,  es igualmente cierto que nuestra historia nacional nos ha legado una cultura popular y un estilo de gestión de políticas publicas cargados de mitos, de complicidades, y de estereotipos.   Fue consolidado durante décadas de injusticias y prebendas, a través de distintos gobiernos, un sistema de distribución de limosnas a cambio de lealtades.   Hoy estas lógicas –clientelismo, personalismo, dependencia, individualismo, improvisación, mendicidad, etc. —no son productos de prácticas aleatorias.   Conforman una verdadera cultura política fuertemente arraigada.    Esto hace todavía más compleja una realidad de creciente tensión social, ante la cual el Municipio de Rosario estructura una alternativa de trabajo dedicada a la producción de capital social.   Enfrenta estas lógicas desde un modelo pedagógico.   Transforma cada espacio asistencial en un programa educativo
Howard Richards: ¿Me puedes dar un ejemplo concreto?
Chiqui González:   Se trata de resignificar el fenómeno “pobreza.”   El programa educativo parte de la base que el nivel de pobreza se vincula estrechamente con la capacidad para generar vínculos con el entorno, reconocer las oportunidades que ofrece el medio y aprovecharlas, así como con mantener cierto grado de responsabilidad como ciudadano que permite permanecer incluidos en la trama social.
Howard Richards: ¿Cómo los identificas?
Chiqui González: Identificamos a familias de máxima vulnerabilidad social,  con niños desnutridos, desescolarizados, situaciones de violencia, personas enfermas sin atención etc.
Howard Richards: ¿Y?
Chiqui González: Se trabaja con cada familia en una tarea educativa integral que apunta a la inclusión social y a la autosustentabilidad con el aprovechamiento de los servicios sociales que el entorno le brinda.  Se trata de desarrollar en cada hogar hábitos alimentarios, cuidado de los niños, manejo de habilidades sociales (aprendizaje del trámite para acceder a asistencia médica o legal, obtención de documentos etc.)  desarrollo de hábitos en el cumplimiento de horarios, asistencia de los niños a la escuela, recuperación de vínculos familiares,  y de vecindad.  La asistencia básica alimentaria se complementa con una propuesta de auto producción que convoca a los adultos a una tarea vinculada a la tierra, y en muchos casos vinculada también con su historia personal y familiar de emigrados del campo a la ciudad.     Esto constituye un fuerte dispositivo educativo, ya que se estructura a través de un educador permanente, el promotor agrotécnico, cuya tarea es conformar grupos de vecinos y habilitar un espacio de intercambio colectivo que ofrezca un ámbito amigable de contención y aprendizaje.
Howard Richards: Mi primer intento de definir una política educativa a la altura de los tiempos que vivimos no prosperó.   Dije que la tarea fue la recuperación de las antiguas tradiciones cívicas anteriores al neoliberalismo.  No prosperó, porque me llamaste la atención a  la tradición del “puntero” del barrio quien reparte limosnas a los clientes políticos, y a una serie de idiosincrasias más de la historia de la Argentina   -- aquellas tradiciones que traban el funcionamiento correcto de las instituciones. - ¿Se puede decir, como segundo intento, que la tarea de la educación actual es superar todo aquello que no permita que Argentina sea un país normal con un desarrollo normal?
Chiqui González:   [se pone a reír]
Howard Richards:  Bueno, tengo entendido que un concepto parsoniano de “socializar” al educando para que sea “normal” y para que “funcione” en el mundo como es, no te convence, porque el mundo como es no te convence,  ni en Argentina ni en el resto del mundo, ni siquiera en aquellos países que se pueden llamar, a diferencia de Argentina, “normales.”  Pero si  el traspaso de los conocimientos y las costumbres de una generación a otra no es el propósito de la educación, ¿Cuál puede ser su propósito?
Chiqui González:   Es la transmisión de la cultura, pero es más que eso.
Howard Richards: “Cultura” – ¡otra vez esta palabra tan indispensable!  Entre sus innumerables usos establecidos se encuentra la frase “transmisión de la cultura.”  Es la definición más clásica de la educación.   Los sabios de antaño, dijeron que el objetivo de la educación era la producción de la persona culta.   “Persona culta” y “persona educada” eran casi sinónimas.  
Chiqui González: Rescatamos aquellos ideales venerables del pasado, pero hoy en día tienen otro sentido.   Hoy en día las civilizaciones clásicas del occidente, y todas las grandes civilizaciones, nos ofrecen marcos teóricos y valóricos amplios, al interior de los cuales se puede identificar al economicismo reinante como mentalidad aberrante, limitada, unidimensional, y a todas luces inadecuada.    Si rescatamos para los rosarinos  el acervo cultural de la humanidad; si los niños en el Jardín de los Niños juegan con las maquinitas en una replica del taller de Leonardo da Vinci; si los museos y las exhibiciones ponen al alcance de la ciudadanía la historia de la tecnología y del arte, no es porque queremos parar la historia.    Al contrario, el pasado pone el presente en contexto, lo relativiza.
Howard Richards:   Pienso en la taxonomía de filosofías de la educación que propusieron Lawrence Kohlberg y Rochelle Mayer (Kohlberg y Mayer 1972).   Proponen tres grandes rubros: (1)  El propósito de la educación es la transmisión de la cultura (El enfoque social).   (2)  El propósito es que florezca el niño, concebido como ser con su propia dinámica interna de crecimiento auténtico (El enfoque romántico, que incluye entre otras corrientes las freudianas).  (3) El propósito es facilitar aquellos intercambios dialécticos entre el niño y el entorno mediante los cuales el niño como agente activo de su propio desarrollo construye el conocimiento y la ética.  (El enfoque desarrollista, que incluye entre otros los piagetianos)
 
Chiqui González: Me identifico con elementos de las tres opciones pero no con “el niño” en singular.  La forma de estar en el mundo de los niños es tal que el individuo es siempre una parte.   No existe solo.  Siempre es parte de una relación.  No existe “el niño” que dialoga con su entorno como si fuera el niño una cosa y el entorno otra.
Howard Richards: ¿O sea, el niño nace tribal, relacional; y  la persona culta, educada, es ciudadano?
Chiqui González:   Nadie vive solo.   Educarse es participar en la producción simbólica de la comunidad.  La producción simbólica constituye un modo de definir el nosotros, dialéctico, abierto a la historia, heredero de su tradición, capaz de crear, transformarse, y redefinirse.  Ese sistema de producción genera un imaginario colectivo, quienes somos, y quienes creemos que somos, que soñamos y deseamos, que pasiones sostenemos, ¿Cuáles son nuestras paradojas?   También asigna y jerarquiza valores, crea categorías conceptuales e instituye proyectos sociales sostenidos por deseos de conjunto.   Todo lo dicho se expresa en las prácticas de comportamiento social de los ciudadanos.   (Castoriadis 1993)
Howard Richards: Me imagino que los primeros que van a discrepar con nuestro enfoque cultural de la educación van a ser los padres y apoderados.   El magisterio puede definirse como portador y formador de una serie de valores culturales, pero para quienes mandan a sus hijos a la escuela prima un solo valor: una salida laboral profesional.   Los padres se sacrifican por sus hijos.  Trabajan para que ellos estudien.  Quieren una sola cosa: que los hijos tengan una vida mejor que la que ha sido la vida de los padres.  ¿No es cierto?
Chiqui González:   La voz “cultura” es multi-talentosa, y por eso a veces se presta a malentendidos.   Por una parte, “cultura” es una palabra bisagra, una invitación a cambio de paradigma.  Nos  permite situar la ciencia económica al interior de una ciencia social más abarcadora, al interior de una antropología.    En este sentido es indispensable porque una de las tragedias del tiempo que vivimos es que la ciencia económica ha llegado a ser el zapato chino  --la metafísica insuperable-- de la modernidad.    Es un monstruo  ilegítimo que a pesar de su inconsecuencia en los planos lógicos y científicos devora  todo.  (Becker 1964, y otras obras en Bibliografia)
Howard Richards:   O sea, el neoliberalismo, con su economicismo exagerado, tiene mucha similitud con la metafísica clásica de la civilización occidental moderna.    Lo que encuentro fascinante en la educación rosarina es que ha elaborado bien pensados marcos teóricos, para bisagrar al problema inmediato, el neoliberalismo, el problema más profundo, que es la necesidad de sopesar, criticar, y rectificar rumbos en cuanto a la modernidad en general.  
Chiqui González: La educación y la cultura no han estado ausentes del auge del moderno sistema-mundo, ni pueden estar ausentes de su transformación.  Pero, antes de seguir conversando sobre los lazos entre liberalismo económico, metafísica cartesiana, y educación alienada; regreso al tema de los padres que quieren que sus hijos aprendan algo útil en la escuela, algo con salida laboral.   No se trata en ningún caso de oponer “cultura” y “economía” como si fuera una educación “cultural” inútil en el mundo del trabajo.   No estamos peleados con los padres y apoderados que quieren que sus hijos aprendan un oficio, que quieren que sus hijos terminen con título profesional.   Los niños están aprendiendo exactamente lo que más les conviene para surgir exitosos en la vida competitiva de hoy.   Están aprendiendo el gusto al estudio.   Están aprendiendo el disgusto de los hábitos malsanos.   No es un juego suma cero de cultura contra economía.  La apuesta es que el camino a lo que  una madre o padre más quiere, que es él que conduce al éxito de su  hijo, conduce también a aquel otro mundo posible en el cual el cien por ciento de los niños son exitosos.
Howard Richards: Hoy en día se sabe que el éxito en la vida depende más que nada de lo que se llama “la inteligencia emocional.”   (Goleman 1989)
Chiqui González:    Solamente el nombre es nuevo.
Howard Richards:   El propio Goleman, el referente de la inteligencia emocional, señala que la falta de lo que él llama inteligencia emocional, se debe a hechos masivos y patentes de la actualidad.   Si hay millones de chicos alienados, hiperactivos, deprimidos, desobedientes, si en el mundo entero hay olas de delincuencia y conductas auto-destructivas y hasta suicidas y homicidas entre la juventud, se lo debe a la economía global, que tiene a la mayoría de los padres tan preocupados por su propia seguridad económica que se secan las fuentes del cariño paternal.
Chiqui González: Los mismos niños lo dicen.   Nos dicen que sus padres son miedosos.   Tienen miedo a que van a perder el empleo.  Tienen miedo a que no van a poder pagar el alquiler al fin del mes.   Se sienten que a corta edad ya son los padres de sus padres.
Howard Richards:   El mismo Goleman cuenta también de los estragos de los video juegos y gran parte de la televisión.   Los niños pasan sus horas con fantasías violentas.  Sus compañeros son las imágenes electrónicas de las pantallas.  Son guerreros y matones, y hasta los justicieros que supuestamente luchan por el bien, en su conducta se distinguen poco de los malos.
Chiqui González:   Peor que el contenido de los juegos es la relación que tiene el chico con la máquina, cuando la máquina no le da opciones creativas e imaginativas.  No es normal.   Por doscientos mil años los niños se criaron con otros niños, con animales, con plantas, con los hermanos mayores y menores, con los padres y los tíos.    El código genético se enchufa con ambientes normales.  Hoy en día  el código genético está  en gran medida desenchufado.
Howard Richards:   Pero en la Granja de la Infancia no, ni en el Jardín de los Niños, ni en el Centro Crecer.   Aun si no tuviera otro logro, uno tendría que felicitar a la educación rosarina por estar en la lucha contra los juegos electrónicos, contra la violencia mediatizada.   Ofrece alternativas culturales que atraen a los chicos a caminos sanos.  Que sepa yo, no existe todavía un intento de medir su grado de éxito en este sentido, pero en todo caso merece aplauso el esfuerzo.   Además, se puede decir que esfuerzos semejantes en otros lugares han producido cambios medibles en la cultura juvenil.  (www.search-institute.org)
Chiqui González: Estamos utilizando la voz “cultura” en por lo menos dos de sus sentidos.   Hablamos de aquella “cultura” o “formación” juvenil que rescata al joven del vacío.  También hablamos de  “cultura” como concepto más abarcador y “economía” como concepto más limitado, lo que nos posiciona para contestar la famosa declaración de Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Carlos Menem y tantos más: “No hay alternativa.”  Al interior de la lógica de ellos no hay alternativa.   “Cultura” amplía el abanico de lógicas, nos conecta con aquella creación fundamental donde el cuerpo hace la palabra.   
 
Howard Richards: Hay  más.   Empleo un tercer sentido de “cultura” estrechamente vinculado con los dos que acabaste de nombrar.   En cierto sentido concuerdo con aquella tradición que supedita la educación al proyecto de desarrollo económico, en el sentido que  cuento con “la cultura” para solucionar una serie de problemas económicos.  
 
Chiqui González: ¿Cuentas con una educación con criterio cultural para hacer posibles otras lógicas?
 
Howard Richards:   Por lo menos digo que es evidente que la lógica actualmente dominante está en quiebra.
 
Chiqui González:  Es obvio.
 
Howard Richards:  Vale decir,  no me convence nada lo que es aparentemente la ortodoxia en América Latina y en el mundo hoy, que puesto que se puede mostrar que Corea del Sur por ejemplo, invirtió muchos recursos en la educación primaria con anterioridad a su despegue económico, se puede decir –por esta y otras razones de índole semejante—que la educación masiva ofrece soluciones a los problemas fundamentales del empleo y de la pobreza, como si fuera posible resolver los problemas de los marginados, de quienes tienen empleo precario, y de quienes tienen empleo estable pero con sueldos insuficientes, por incrementar aún más la oferta en mercados laborales donde en general la oferta ya supera la demanda. (CEPAL-UNESCO 1992)
 
Chiqui González:  Las ficciones de Franz Kafka no son más absurdas que las realidades que vivimos.   Pero si tu no estás conforme con la realidad de la política educativa actual, una realidad en la cual los profesionales de la educación casi no tienen ni voz ni voto, porque las decisiones claves son tomadas por los profesionales de las ciencias económicas, ¿en que sentido tu también eres economicista?  O quizás mejor dicho, para entenderte mejor, ¿En que sentido cuentas con “la cultura” como recurso para resolver los agobiantes problemas económicos que todos queremos resolver?”
 
Howard Richards: Cuento con el sector cultural como garantía de empleo pleno.  El sector empresarial topa con la necesidad de rentabilidad.  Si no es rentable contratar a mano de obra, no es contratada, y toda la sabiduría de la ciencia macroeconómica no ha sabido crear aquella utopía keynesiana en la cual es siempre rentable contratar a toda la mano de obra que se ofrece en el mercado laboral.    El sector popular no necesita rentabilidad.   Es el auto-empleo y todas las formas de las asociaciones de trabajadores sin patrones.  Lo único que quieren es ganarse la vida.  Sin embargo, topa con la necesidad de vender.  Su problema no es falta de trabajo; ni es falta de la voluntad de trabajar.   Trabajo siempre hay –en las iglesias por ejemplo.   Lo que no hay es pago.  En los hospitales y en las casas de reposo para ancianos –para dar dos ejemplos más—hay trabajo para cada voluntario que quiere trabajar.  Pero si no se vende el producto no puede haber pago.   La utopía pre-keynesiana, la utopía de los Jean-Baptiste Say y los John Stuart Mill, en la cual cada bien que se produce se vende, tampoco existe.   Necesitamos pues  una cultura que sepa respaldar a las actividades sin fines de lucro.   Estas últimas no dependen ni de la rentabilidad ni siquiera de la comercialización.  Dependen de la decisión que hay algo que vale la pena hacer, y la movilización de los recursos necesarios para hacerlo.   Allí están las fuentes inagotables de empleo.
Chiqui González: ¿Y la movilización de los recursos para hacer algo que vale la pena hacer –una orquesta sinfónica juvenil - para dar un ejemplo más—no supone un público culto?
Howard Richards: Claro que sí.  Los politólogos hablan de valores pos-materialistas.  (Inglehart 1990)   El pos-materialismo es el sucesor histórico de la sociedad de consumo.  Ofrece una solución al problema ecológico, o sea el problema de una economía incompatible a la larga con la naturaleza.  A la vez ofrece una solución al problema de Keynes, que fue el problema de falta de demanda suficiente para producir el empleo de todos quienes necesitan trabajo.   Keynes dio una solución posible a su problema.   Su solución fue una tasa de inversión suficiente para compensar el déficit de consumo.  También promovió la rentabilidad y el empleo con medidas para  aumentar del consumo de las clases medias y trabajadores.   Pero la suya no es la única solución posible a su problema. 
Chiqui González: ¿Se trata de una educación, de una cultura, que posibilita soluciones a ciertas paradojas sin solución al interior del economicismo, por ejemplo la paradoja que la política keynesiana no puede combatir a la vez la inflación y el desempleo; o las paradojas neoliberales que el precio a pagar para lograr el crecimiento, o la estabilidad monetaria, es la desigualdad social?
Howard Richards: Exacto.   Me refiero a hechos reales.     Tú te formas como ingeniero químico según las proyecciones de recursos humanos que el capital  supuestamente va a requerir, y trabajas como taxista.   Es el cuento que me ha contado más que un taxista en Argentina.  El fisco público pagó la educación,  según lo supuestamente requerido, y el patronato ni siquiera la utiliza.   El ingeniero taxista es un botón de muestra de los resultados de un paradigma liberal que acepta el criterio de orientar la educación según las predicciones de lo que van a ser las exigencias del mercado cuando los alumnos se gradúen y reciban sus títulos.  La educación hoy se supedita al modelo económico, y otro modelo económico requiere otra educación.  
Chiqui González: Por eso nos referimos al cuerpo, al lenguaje, a la imaginación, al juego, que todo lo que conduce a  fortalecer la capacidad de invención social, por eso se habla de Isla de los Inventos.
Howard Richards: ¿Me entiendes que cuando me refiero a otra solución del déficit de consumo (y por lo tanto déficit de empleo) no me refiero a las soluciones neoliberales, sino a la cultura como sustituto del consumismo materialista?
Chiqui González: Sí, te entiendo, pero encuentro que no sales del paradigma economicista.    En cierto sentido haces lo que todo el mundo hace con la educación.   Si hay un problema social cualquiera la solución se encuentra siempre en la educación.  Todos los problemas en el fondo son problemas de conducta humana.  ¿Cómo cambiar la conducta humana?   ¡Educar!   Así el problema a resolver define la meta educativa.   Lograr un cambio de conducta determinada.
Howard Richards: Y hoy en día se suele educar para cumplir con los requisitos de algún modelo económico.  (p.ej. Martinic 2001)
Chiqui González.   Pero la educación es más fundamental que la economía.  Por eso digo otra cosa más sobre este concepto indispensable.   La voz “cultura” nos sirve como bisagra, como oportunidad para cambiar el paradigma.   La cultura abarca la familia, por ejemplo, los padres, los vecinos.   Son los primeros que forman las pautas de conducta.  A los cuatro años el chico ya tiene su personalidad, antes que intervenga la escuela.  Si se define el objetivo de la escuela como la formación de los recursos humanos para el crecimiento económico, no es porque el mundo del niño sea definido por la posibilidad eventual de ser contratado eventualmente como empleado de empresa con fines de lucro.   La cultura antecede no solamente el modelo económico actualmente dominante, sino cualquier modelo económico.
Howard Richards:   Este hecho, el hecho que la cultura actual tiene ciertas líneas directrices, ciertas lógicas, y el hecho que las bases de la cultura se sienten en la infancia,  ¿Es por eso  que te interesa especialmente la infancia?
Chiqui González: Para hacer posibles otras lógicas.
Howard Richards:   O sea la educación  --especialmente la primera educación-- es (como la cultura) conceptualmente más abarcadora y más fundamental que la economía, y también es la clave para transformarla.
Chiqui González: Por eso no creo que podamos definir la nueva cultura como lo que la nueva economía requiere.   Sería quedar al interior de un paradigma economicista, cuando lo que falta es situar aquel paradigma en un contexto intelectual y material ampliado.
Howard Richards:     ¿Cuál es el paradigma economicista?
Chiqui González: Entre otras cosas, es un paradigma cartesiano.   ¿Qué hace el profesor de ciencias económicas?
Howard Richards: Debo saber, porque yo mismo he hecho clases en materias de ciencias económicas.
Chiqui González: ¿Y dibujaste en el pizarrón un plano cartesiano?
Howard Richards: Muy a menudo.  Yo sé que tú no tienes ninguna intención de prohibir los planos cartesianos.   Tu proyecto es incluir, no excluir.  Como ha mostrado Michel Foucault  (Foucault 1961, pp.  67-70) lo que Descartes excluyó, y lo que excluye todo marco normativo que identifica el bien con algún máximo o mínimo definido por la geometría analítica (inventada por Descartes), es aquella sabiduría propia de la dialéctica entre razón y todo lo que Foucault llama déraison
Chiqui González: …yo habría dicho “juego,” y habría recalcado que algo que Descartes excluyó de la educación con su línea tajante entre mente y cuerpo fue el cuerpo…
Howard Richards:  …y el mismo Foucault identifica los raíces históricos de lo que hoy llamamos “locura”  no solamente con el juego sino con todo lo que es déraison, o sea todo lo que se pone en diálogo con la razón como su otro y su interlocutor.
Chiqui González:   Diálogo que fue propio de la pre-modernidad, y que ahora es propio de la pos-modernidad, y que debe ser propio de la educación a todos los niveles, y especialmente al nivel infancia.
Howard Richards:   Para posibilitar la creatividad…
Chiqui González:  ..que tanto necesitamos.   Para recuperar lo que el pensamiento cartesiano nos quita, nos hace mucho bien honrar a la infancia.  Los niños por su calidad de nuevos, y por las características propias de la niñez humana, se conviertan en los protagonistas de una perspectiva estratégica para el cambio estructural.   Como dice Tonucci, son nuestros indicadores ecológicos.
Howard Richards:   El Jardín de los Niños, con su Montaña Mágica, ¿se puede definir como lugar para honrar a los niños, como espacio donde la manera de estar en el mundo de los niños es privilegiada?
Chiqui González:   Los tres parques educativos, y una serie de actividades más que conforman la Ciudad de los Niños, incluso el Día del Juego y la Convivencia, Campaña la Línea Verde, la Escuela Móvil,  el Congresito de la Lengua, el Presupuesto Participativo Joven, y otros, deben ser ejemplares del tipo de relaciones sociales que soñamos generar. 
Howard Richards: Y la Isla de los Inventos trabaja con aquella base imaginativa sin la cual las obras conceptuales, y por ende tecnológicas, no tienen ni fuente ni fundamento.
Chiqui González: Ni raíz, ni razón de ser.   Aprenden algo más importante que el conocimiento, que es la poética del conocimiento, su invención.
Howard Richards: Y la Granja de la Infancia, este lugar lleno de verde, agua, escondites, bosques, y huertas, con animales de la región y corrales; funda la ecología social…
Chiqui González:  …que tiene que alimentar las cosmovisiones del futuro.  Tenemos que ampliar nuestras simpatías, identificarnos en forma amigable con los ciclos naturales que nos forman.
Howard Richards: ¿Y en esto nos fallan los paradigmas economicistas?
Chiqui González: Si tú ves la superficie, el economismo es un paradigma cartesiano,  es una ética que deriva sus normas calculando de una función un cierto derivado,  o sea una tasa de cambio, igual a cero, lo que define por ejemplo una ganancia máxima o un costo mínimo y en fin un consumidor que consigue en grado máximo lo que quiere…
Howard Richards:   …, o más precisamente, el marginalismo de los economistas es newtoniano, considerando el cálculo diferencial una continuación y profundización de la geometría analítica cartesiana.  …
Chiqui González:   … pero más a fondo es un paradigma kantiano.  Como dice Thomas Kuhn (Kuhn 1962) el paradigma es aquella matriz conceptual que define los objetos que son los sujetos de los cálculos matemáticos.  En fin de cuentas el código civil define los entes del mundo económico –los contratos, las  sumas de dinero, los derechos propietarios, y los precios, siendo los precios a fin de cuentas contratos. 
Howard Richards:  ¿Y por qué Kant?  ¿Y por qué una filosofía de la educación a la altura de las realidades que vivimos hoy no puede ser kantiana?
Chiqui González:   Es conveniente hablar de Kant aunque obviamente hablamos de universos culturales mucho más amplios que el pensamiento de una sola persona.   Kant se destacó por su claridad.    No me refiero solamente a las obras como la Metafísica de la Justicia en donde Kant traza  con pretensiones de eternidad y universalidad el marco normativo de una sociedad comercial, ni me refiero solamente a la Introducción a la Metafísica de las Costumbres donde Kant desarrolló un solo ejemplo de ley moral, que es el deber de no contraer deudas sin la intención de pagarlas.   Me refiero a la misma Critica de la Razón Pura.
Howard Richards: ¿En qué sentido?
Chiqui González: En el sentido de eternizar la geometría euclidiana y la física newtoniana, ambas consideradas como formas incambiables de la experiencia humana, porque supuestamente son impuestas a la experiencia por la mente, y por lo tanto supuestamente son las condiciones necesarias de cualquier experiencia posible.   Es este modo de pensar, esta ideología de los parámetros fijos, que da pie al economicismo, que en el fondo acepta el marco normativo del Derecho Romano,  o sea de los códigos civiles de una Europa que “recibió” el Derecho Romano como corpus de normas aptas para una civilización comercial, y  “conquistó” al resto del mundo, imponiendo en todo el planeta semejante civilización.   Es una civilización en la cual, al decir de Kant, el reino de las normas se define por analogía al reino de la naturaleza, o sea se eterniza el Derecho Romano por analogía con la física newtoniana.
Howard Richards: ¿Estas diciendo que cuando un General Videla o un General Pinochet impone por la violencia  “los valores de la civilización occidental” está imponiendo en el fondo el Derecho Romano?
Chiqui González: Exacto.   Mientras mejor comprendemos la poética de la civilización, más podemos construir espacios públicos entre todos con sus marcos jurídicos adecuados a la convivencia igualitaria, y mas veremos que el código civil proveniente en fin de cuentas de Roma es uno entre muchos códigos posibles.   Como dice Gastón Bachelard en sus estudios de la historia de las ciencias, la ciencia progresa por ampliar sus conceptos, por crear marcos conceptuales cada vez más abarcadores.       Como la física newtoniana se puede encuadrar en el marco de una física más abarcadora, como es la einsteiniana, el código civil eternizado en la ética kantiana se puede encuadrar en el marco más abarcador de las filosofías más actuales.        Las normas jurídicas se pueden comprender humanamente como principios organizadores de los espacios públicos que entre todos creamos y transformamos.
Howard Richards:   Los niños ya son más actuales.  Como dice Hanna Arendt, son “los nuevos.”   No han aprendido todavía los modos de pensar típicos de la cultura dominante.   La naturaleza les ha dotado no solamente con la capacidad de aprender el idioma del lugar donde le toca nacer y de aprender también las costumbres, sino más que eso, con la capacidad de participar en la creación de las nuevas costumbres del porvenir.
Chiqui González: En la Granja de la Infancia, El Jardín de los Niños, y en la Isla de los Inventos experimentan lazos de afecto creados en los juegos y en la convivencia, sensaciones de libertad y pertinencia.   Se trata de una manera austera de crear grietas en el consumismo, de una invitación abarcadora y sin exclusiones.   Son lugares que están diciendo que es posible vivir de otra manera.    Tienen una poética particular, donde los paseos, los juegos, la disposición de los elementos, nos recuerdan lo humano que somos, remitiéndonos a que merecemos ser felices.   Son ámbitos igualitarios y multiculturales.
Howard Richards:   ¿Son lugares de “transmisión de cultura” o de “creación de cultura”? 
 Chiqui González: La infancia es precisamente “transmisión” y “creación” a la vez.   Los niños nos recuerdan del nicho ecológico de la especie humana, que es precisamente ser aquel animal que se adapta a su medio ambiente por la cultura, aquel animal que, entre todos los animales tiene la niñez más prolongada, que se da el tiempo máximo para crear las culturas adecuadas a las coyunturas.    Somos si se puede pedir prestado –y solamente prestado porque no lo quiero adueñar—el concepto informático de la programación, somos programados biológicamente para ser culturalmente programados, y --cabe destacar-- no solamente ser culturalmente programados sino para ser programadores culturales.
Howard Richards:   …y este sistema educativo que el equipo rosarino ha inventado, esta red de Centros Crecer, esta serie de talleres de formación para maestros en ejercicio en las escuelas,  esta Isla de los Inventos, Granja de la Infancia, Jardín de los Niños, y mucho mas … ¿Se piensa como instrumento para la reprogramación de la cultura?
Chiqui González:  Es pomposo decirlo.   Y además en cierto sentido no es tampoco cierto.  Se trata de honrar, de facilitar, de apoyar,  lo que es propio de la niñez, el juego, la imaginación, la apropiación por las nuevas generaciones de lo mejor que ofrece el acervo cultural legado por las generaciones anteriores.  No es que imponemos nosotros los valores que los  niños tienen que internalizar para crear la sociedad mejor del futuro.   Es que respetamos los procesos mediante los cuales construimos cultura entre todos, y sobre todo aquellos procesos de renovación de la cultura propios de la infancia prolongada de nuestra especie.
Howard Richards:   Esto del juego y de la imaginación me recuerda de las aulas de las escuelas primarias en Inglaterra, especialmente en la parte oeste del país.   Hace años me dediqué a estudiar aquellas escuelas, que tenían fama en el mundo por haber eliminado el fenómeno del niño que no lee, o no quiere leer.   A primera vista la sala aparece desordenada.   Los niños juegan en grupos, cada grupo con actividad distinta, no todas ellas precisamente lúdicas.   Juegan a vestirse con distintos trajes (en lo que las maestras llaman “el rincón de Wendy”).   Observan fascinados a mariposas en botellas.   Se meten a amasar greda y a dibujar.  Arman casas de cartón.   Después te das cuenta que la maestra sabe exactamente lo que hace cada niño, y tiene todas sus actividades rastreadas en fichas, con apuntes sobre sus logros y aprendizajes.  No es un desorden, sino un orden refinado, y, lo que es más importante, es un orden co-gestionado con los chicos que participan en la selección, la anticipación, la realización, la evaluación, y el seguimiento de sus actividades….
Chiqui González: …y los mismos niños nos conducen a nosotros.  Ellos son  indicadores ecológicos.  Miden la salud de la sociedad.
Howard Richards: A ver si te entiendo.   En lo que a la transformación de la cultura se refiere, la niñez es una edad privilegiada.   Si, como dicen los piagetianos “el juego es el trabajo del niño,” es un trabajo que no sirve solamente a la formación de los niños, sino sirve a la reformación de las instituciones.
Chiqui González:  En la etapa pre-lógica, hasta los nueve años o un poco más,  lo conceptual no se distingue de lo estético.  Al niño le encanta por ejemplo la palabra “bicicleta” o la palabra “cristal,”  por la calidad sonora de la palabra, al margen del objeto al cual la palabra se refiere.  (Bachelard 1997)
Howard Richards: Kant nos conducía en una dirección opuesta, una dirección que distingue el concepto de lo estético, y así el adulto del niño.   La dignidad humana consiste precisamente en su capacidad de actuar según el concepto de la ley,   según el concepto puro,  sin ninguna mezcolanza del cuerpo, sin ninguna impureza estética.   
Chiqui González: El modo de estar en el mundo del niño, en cambio, es tan corporal que es espiritual.
Howard Richards:   Kant señala en su pequeño ensayo ¿Qué es la Ilustración?  (Was ist Aufklarung?) que precisamente para ser ético el ser humano tiene que dejar de ser niño.   Tiene que asumir su madurez (Mundlichkeit), tomar su palabra como ser racional.   Tiene que guiarse a si mismo como ser moral autónomo, respetuoso de todo otra persona, y  respetuosa de la autonomía de toda otra persona, precisamente porque ya no es niño.
Chiqui González:  Tú sabes que no soy kantiana.   Entiendo la dignidad humana mas como la entendía Paulo Freire.   El ser humano es aquel ser que es creador de cultura.  El niño nace con la dignidad propia del ser humano precisamente porque nace dependiente para convertirse en independiente, social, dotado de aquella flexibilidad y capacidad para aprender y crear que han sido las claves del éxito de homo sapiens sapiens como especie.   No asumimos la dignidad humana en la edad cuando asumimos la razón; como adultos masculinos autónomos y dueños de bienes. 
Howard Richards:  ¿Y la chica y el chico tienen su ética?
 Chiqui González:  No hay que separar la ética de la estética.  En la relación social, el acercarse al otro, que es propio de aprender a hablar, propio de la inserción en un mundo de significados, propio del amor, propio de la “confianza básica” como dice Erickson, allí está la raíz.   No digo que un neonato tenga una ética social pensada como puede tener un filosofo sesentón como tu.   Digo que en el comienzo está la raíz.  Si se corta la raíz no crece la mata.
Howard Richards:  ¿Y la estética?
Chiqui González:  La ética del siglo veintiuno no tiene forma.   Si no tiene forma no existe.   Nos falta lo que el niño por naturaleza tiene, un modo de estar en el mundo organizado por los juegos imaginativos, donde la ética y la estética no se separan, donde lo físico es lo vivido, donde la idea tiene forma de cuerpo.   Claro que los chicos también nos necesitan a nosotros, los mayores.   Recalco el aporte del niño a la cultura porque ha sido dejado fuera de la ecuación de la transmisión de la cultura, transmisión que tiene que ser regeneración.
Howard Richards:   Cuando hablas a menudo de “no separar la ética y la estética”  te puedo entender por lo menos de cuatro maneras.  Primero, desde la óptica de León Tolstoy la ética en el fondo es el amor.   La función del arte es promover el amor fraternal entre los seres humanos.   Según Tolstoy, la ética es la finalidad, la estética es el medio para llegar a la finalidad.  Segundo, según una óptica que se puede llamar neitzschiana la ética es una farsa, una mentira, un truco de los débiles para engañar a los fuertes.  Hoy en día, ahora que está desenmascarada la ética, no solamente por Nietzsche sino por las ciencias en general,  nos queda la estética como guía para iluminar el camino de la vida.   Tercero, desde una óptica que se puede llamar antropológica o de historia de las culturas, es propia del ser humano que en su niñez asimila una cosmovisión, que funciona para dar coherencia a la convivencia de la familia y la comunidad, cuyo contenido es a la vez ética y estética y no se puede separar los dos.   Cuarto, se puede citar la obra de Schiller,  La Educación Estética del Hombre.  Sé que no eres schilleriana, porque él fue kantiano, y pensaba precisamente que la función de la estética fue la de enseñar la ética kantiana.  Pero te puede convencer otra parte de la doctrina de Schiller: aquella parte que dice que el niño no es capaz de pasar directamente de sus sentimientos brutos a la disciplina ética.   La necesaria etapa intermediara es la estética.  La materia prima de las emociones del ser humano tiene que ser refinada por el arte, antes de ser elaborada en la forma de virtudes.    Schiller hace eco de lo que decía Platón dos mil años antes, que los niños tienen que aprender primero a cantar y bailar, porque si no aprenden a cantar y bailar no van a ser sociables.
Chiqui González:  Me identifico con resabios de las cuatro opciones.  Toda estética está enmarcada por una posición ética, es decir, criterios acerca de cómo vivir bien y bellamente.  Por lo tanto, ambas dimensiones están presentes, e imbricadas, en toda propuesta educativa.   Para alcanzar la belleza de una existencia, entonces, es necesario respetar ciertas reglas que tienden a la justicia, a la igualdad en la distribución social de los recursos, conocimientos y oportunidades, porque no es posible pensar una vida bella netamente individual.   Una propuesta educativa montada en el cruce de la ética y la estética es aquella que da lugar al cuerpo en la construcción del aprendizaje, desde la estimulación del pensamiento creativo y el respeto a la singularidad.   La apropiación de múltiples maneras de entender el mundo favorece la comprensión de las diferencias y el encuentro con el otro en un proyecto común.
Howard Richards: Así que tú no te sientes obligada a decidir entre opiniones incompatibles entre sí en cuanto a la relación entre la ética y la estética.
Chiqui González: Como educadores nuestra primera responsabilidad en cuanto a las conversaciones filosóficas y teológicas y científicas sobre las grandes cuestiones de la vida, es establecer las condiciones para que aquellos diálogos milenarios continúen.  
Howard Richards: Ahora creo que entiendo mejor lo que querías decir cuando dijiste al principio que el propósito de la educación es la transmisión de la cultura, pero es más que eso.    Confieso que a veces me pongo pesimista. Me asiste la duda si esta cultura que tenemos se deba transmitir.   Sus estructuras fundamentales suelen dejar a una gran parte de la población marginada e insegura.   En fin, a la mayoría insegura.  Mejor dicho, el cien por ciento de la población vive una vida insegura, e incluso los menos marginados, amenazados por los brotes de la violencia y por el deterioro del medio ambiente.
Chiqui González:     Algo  que tenemos de acertado los occidentales es la tradición de Sócrates que nos convoca a siempre cuestionar lo que hemos heredado de nuestros antepasados.   También es propia de las religiones occidentales el siempre cuestionarnos a nosotros mismos.     En principio,  en occidente aceptamos la “sociedad abierta,” la  institucionalidad que se auto-corrige.     
Howard Richards:   La institucionalidad auto-corregidora  se defiende y se hace funcionar por la universidad autónoma y por la prensa libre, y ahora estoy comprendiendo tus aportes a hacerlo funcionar también a nivel de una ciudad entera que sabe honrar a sus niños.  
Chiqui González: Para cerrar, te cuento algo de lo que llamamos, “El Congresito.”    En noviembre de 2004 a Rosario le tocó ser la sede del Congreso de la Lengua Española, una serie de prestigiosas reuniones internacionales.   Nosotros organizamos una especie de congreso paralelo de los chicos, y dos años después organizamos un segundo “Congresito”, este sobre la educación, en noviembre de 2006, con la asistencia total de casi 10.000 niños entre ambos.   Hubo varias actividades.   Te cuento del “Congreso de Soñadores” organizado por el Proyecto La Ciudad de los Niños, del día 4 de noviembre de 2006 de las 830 a las 1200 horas en la sede de la Isla de los Inventos.    Los chicos participantes formaron siete grupos.   Cada grupo escribió sus conclusiones en la forma de una carta sobre su “sueño común.”  Comparto la Carta-Sueño 7:
“Nuestros sueños en común son estos:  a) ser importantes para el mundo  b) que nos respeten y tengan mas honda  c) disfrutar la libertad sin abusar de ella d) tener derecho a equivocarme  e) que no haya mas guerras   f) mejor educación  e igualdad para todos   g) volar y jugar   h) que nunca dejemos de soñar.   Agradecemos que nos ayudes a cumplir estos sueños.’
 
 
Los Seis Espacios de la Isla de los Inventos
 
1.   Los andenes de la estación.   La sede de la Isla de los Inventos se encuentra en el sitio de la ex estación de ferrocarril, Rosario Central.  Se destinan los andenes a muestras interactivas, instalación de juegos, exposiciones de talleres de arte y ciencia, paseo publico para todas las edades.
2.  La fábrica.  Espacio integrador de los procesos de creación, diseño y construcción.  Convoca a los maestros de oficios, artesanos, y diseñadores a integrarse con los niños.  Estimula la tarea grupal, propiciando el reconocimiento del esfuerzo común.
3. El espacio infinito.  Propone un recorrido vivencial con un enfoque epistémico, incluye una sala perceptual  y un espacio para el desarrollo del concepto, en el intento de convertir en juego y experiencia los problemas del conocimiento y el modo en que se construyen los saberes.
4.  El ferrocarril.   Andén exterior, casa de guardabarreras, vagón, y vías, invitación a la historia de los trenes. Playón del río, programación de actividades al aire libre con la visión y disfrute del río.
5.  Centro de experimentación docente.   Sala y aulas de apoyo para las instituciones y las personas que trabajan por y para la infancia.
6.  Centro cultural de los chicos.  Sede de organismos dirigidos por niños.  Periódico, programa radial y televisivo.   Consejos de niños.   Grupos de niños proyectistas.   Banco de datos.  Sede de UNICEF y otras organizaciones dedicadas a la infancia.   Boutique, Sala de informes, Bar.
 
 
 
 
 
 
 
 
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                                             Sitio Web
 
www.search-institute.org
 
Vease también las bibliografías de los otros capítulos.
 
 
 
Maria de los Ángeles González, más conocida como Chiqui González, es abogada, filósofo, y educadora.   Desempeña el cargo de Secretaria de Educación y Cultura de la Municipalidad de Rosario.


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